Opinión 

Hacer bien las obras ordinarias

Por Fernando Torre, msps.

Concepción Cabrera, como buena pedagoga, le recomienda a su hija Teresa de María «hacer bien las obras ordinarias»1.

Las obras “ordinarias” con frecuencia no son grandes ni difíciles ni llamativas ni novedosas; más bien, suelen ser pequeñas, rutinarias, grises. Son las que hacemos cada día o periódicamente en casa, en la escuela o el trabajo, con el grupo… Pues estas obras, hay que hacerlas bien, y no “al ahí se va”, “como sea”. Hacerlas con la cabeza; es decir, de manera inteligente, poniendo atención voluntaria en la tarea.
Hacerlas con el corazón: con cuidado y delicadeza, con pasión y amor. Hacerlas con la voluntad: habiendo decidido realizarlas, y con la intención de alcanzar el objetivo. Para poder decir que las obras estuvieron bien hechas, hay que hacerlas en el lugar indicado, en el momento oportuno (el retraso hace que muchas obras sean inútiles) y dándoles el tiempo necesario, sin precipitación ni pachorra.

Jesús curó a un sordomudo. La gente que había presenciado el milagro «estaba sumamente asombrada, y decía: “Todo lo hace bien”» (Mc 7,37). Qué bella alabanza: todo lo hace bien. ¡Todo! El párrafo donde viene la frase que estamos comentando, trae otros tres elementos importantes: «La constancia en cumplir el propósito de hacer bien las obras ordinarias y procurar cumplirlas con perfección es ya por sí una buena mortificación interior que mucho
agrada a Dios y lo consuela»2.

El primer elemento es «la constancia»: no basta con hacer bien algo una sola vez u ocasionalmente.
El segundo: hacer bien una cosa es «una buena mortificación interior»; nos exige vencer nuestra indolencia y distracción.
El otro elemento: una cosa bien hecha «mucho agrada a Dios y lo consuela». También, de ordinario, hace bien a los demás y a nosotros mismos. Y nos hace mejores como personas.

1 C. Cabrera, Cartas a Teresa de María, México 1989, 488.
2 C. Cabrera, Cartas a Teresa de María, México 1989, 488.

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